No me acordaba de como sonaba su voz. Cuando la oigo, algo en mi hace que las puntas de mis dedos creen una hormigueante sensación de electricidad. Me detengo y escucho. Nada; su voz se ha esfumado. Antes de que mis ojos empiecen a escocerme me tapo la cara con la manga de mi jersey. Esta vez no derramaré ni una lágrima. Sigo caminando, ¿qué más da si está aquí? Siento sus ojos en mi; me queman.
Vuelvo a escucharla, melodiosa y cantarina, bella como el canto de las sirenas; igual de falso y mentiroso. Un canto arcaico lleno de grandes traiciones y alevosías. Recuerdo con asco como sus palabras me hacían soñar, antes.
Antes...
Recuerdo cuando sus labios susurraban palabras que hacían florecer las marchitas flores de mi realidad. Nunca pensé que ocurriría esto; que odiaría aquella hermosa voz. Odio cada timbre afinado, cada palabra aterciopelada; una rosa sin pétalos de largas espinas. Zarzales de rosas rojas, caparazones de espinos impenetrables a los que no puedo desafiar. Me obligan a observar sus preciados brotes sin poder cogerlos. Cárcel de sueños.
Me impiden arrancar de mi sus ideas, sus palabras... sus mentiras.
Calla, ¡no quiero oír tu voz! Has destruido mis antiguos sueños, pero seguiré escribiendo, y así te destruiré. Ángel maligno de mi pluma, olvídate de mi. Que no quiero verte, no te quiero oír.
Deja que sueñe sola, deja que mi alma respire. Déjame marchar sin ti, quédate observando en silencio como camino, descalza.
Deja que el telar de mis sueños vuelva a hilar, poco a poco. Déjame construir una bonita tela que admirar, que pueda hecharme a los hombros para protegerme del frío.
El frío de las mentiras, como las que tu me susurrabas. ¿Te acuerdas?
Recuerdalo tu por mí,
yo he decidido olvidar...
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