Ya no me miraba.
Decía que me hechaba de menos, y me engañaba. No me miraba. Ni siquiera cuando me decía que quería verme, que era su inspiración. No me miró cuando nos encontramos en medio de la gente, y yo sabía que me había visto. Noté como sus ojos me huían.
Ni siquiera me saludó.
Dijo bonitas palabras para todos los demás y a mí, que era su gran musa, ni un simple hola. Eso sí, me dijo adiós; de mi se despidió. Y mi corazón, resquebrajado ya por el tiempo, por las mentiras y el frío, se volvió escarcha y se rompió. Sus pedazos siguen dentro de mí, latiendo débilmente bajo mi piel.
Cuando logra acordarse de mí, yo ya no existo.
Se ha apagado el espíritu que despertó, duerme, hiberna. Mientras mi cuerpo se mueve está vacío. Me he vuelto polvo y ya no espero que sus ojos me encuentren, ni que sus labios articulen un bonito saludo. En ese momento, todo me da igual. Me he vuelto un ser helado, petrificado y muerto. Quiero lo que nunca esperé que llegaría a querer: quiero que me olvide, y yo, poder olvidar.
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