dimecres, 8 de desembre del 2010

(suspiro)

Me gustaba que el sol calentara mi cara los días de verano, sentir la suave brisa rozar mi piel. Lo hecho de menos.
Escucho ahora como caen silenciosamente los copos de nieve a mi alrededor. Poco a poco todo se cubre por un manto de blanca lluvia sólida. Y yo estoy sola, en el corazón del bosque, viendo como mi respiración se marca vahosamente en el aire.
El silencio me envuelve en este misterioso lugar, neblinoso paisaje repleto de altos árboles. El frío cala en los huesos de tal manera que, a veces, me detengo a tiritar. Camino dejando mis huellas marcadas en el suelo, ensuciando lo que parece un limpio paraje helado. El reino de Gélida, el hada de los cuentos de papá.
Ni siquiera veo el sol, que se esconde temeroso tras las copas de los árboles.
No sé porqué he venido aquí. Quizás para pensar, o para dejar de hacerlo. Oigo una voz que canta, a lo lejos. Escucho inquieta las notas agudas de la nana. Alguien la entona más allá. No sé que había venido a hacer aquí, pero he encontrado la voz de los árboles que me habla.
Y yo la escucho.

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