"Alexandra, Alexandra, Alexandra… ¿Quién eres en realidad?”, pensó, alzando una de sus finas cejas. Parpadeó un par de veces y le dedicó una sonrisa a su reflejo. Despegó lentamente los ojos del espejo para abrir la ventana blanca y salir al balcón. Con una mano retiró los pelos que habían quedado en su cepillo y los esparció por el paisaje que se alzaba delante de ella. Siguió aquellos cuatro pelos oscuros con la mirada, que iban danzando a través del viento caliente de mayo. Dirigió sus ojos azules hacia los pinos del campo de enfrente y luego observó las nubes blancas. Había montones de nubes blancas esparcidas por el cielo azul, nubes pequeñas y redondas y grandes y alargadas. Imaginó que alcanzaba una y la cogía con las manos, y la empequeñecía hasta guardarla dentro de un bote para no dejarla escapar nunca más.
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