Soy una niña con un vestido muy muy azul. Voy caminando por el bosque y me encuentro con mil árboles de ancho tronco, gruesos y robustos. Los acaricio, palpo su textura y su firmeza. También los rodeo con los brazos, para que noten mi presencia. De repente oigo unos ruidos dentro de un árbol, como unos zumbidos lejanos y repetitivos. Acerco la oreja al tronco, y efectivamente, el sonido viene de allí. Me fijo en un hueco que hay en la parte baja del tronco, y me doy cuenta de que es un agujero del tamaño de mi ojo. Acerco la cara y gracias al agujero puedo ver lo que hay dentro del árbol: millones de engranages que no paran de girar, que no paran de hacer ruido, que van a velocidades de vértigo.
Asustada, me alejo poco a poco del árbol, con cara de extrañeza. Sigo andando por el bosque, sumida en mis pensamientos, y me encuentro con un muro de piedra. Tiene una entrada, y cuando la traspaso, estoy dentro de un laberinto de piedras. Empiezo a caminar dentro de él, movida por la curiosidad. Pero al cabo de unos minutos (puede que horas), estoy completamente perdida. Y aunque lo intento, no puedo salir del laberinto.
De repente me encuentro una tiza muy muy azul. Tan azul como mi vestido. La recojo y, feliz por haber ideado una posibilidad de salir de allí, empiezo a dibujar flechas en el muro, en la dirección en la que voy. De esta manera, no caminaré en círculos y me será más fácil encontrar la salida. Pero en ese momento no me doy cuenta de la presencia de los animalitos. Ellos son malos. No confíes nunca en ellos. Cuando dibujo una flecha azul, al cabo de un momento los animalitos le dan la vuelta a la piedra... sin que yo pueda ver mi señal. ¡No podré salir nunca de aquí!, pienso.
Y luego me despierto.
Y así, todas las noches.
Asustada, me alejo poco a poco del árbol, con cara de extrañeza. Sigo andando por el bosque, sumida en mis pensamientos, y me encuentro con un muro de piedra. Tiene una entrada, y cuando la traspaso, estoy dentro de un laberinto de piedras. Empiezo a caminar dentro de él, movida por la curiosidad. Pero al cabo de unos minutos (puede que horas), estoy completamente perdida. Y aunque lo intento, no puedo salir del laberinto.
De repente me encuentro una tiza muy muy azul. Tan azul como mi vestido. La recojo y, feliz por haber ideado una posibilidad de salir de allí, empiezo a dibujar flechas en el muro, en la dirección en la que voy. De esta manera, no caminaré en círculos y me será más fácil encontrar la salida. Pero en ese momento no me doy cuenta de la presencia de los animalitos. Ellos son malos. No confíes nunca en ellos. Cuando dibujo una flecha azul, al cabo de un momento los animalitos le dan la vuelta a la piedra... sin que yo pueda ver mi señal. ¡No podré salir nunca de aquí!, pienso.
Y luego me despierto.
Y así, todas las noches.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada